No rompas el silencio de esa quietud, que no es exactamente soledad... Los espíritus de los muertos que en vida conociste, ahora, en la muerte, volverán a rodearte, y su deseo por completo. Te eclipsará: mantente quieto.
En la noche prístina pero severa las estrellas, desde su celeste esfera. No irradiarán hacia estos arrabales, su luz de esperanza a los mortales... En cambio, sus órbitas rojizas Serán como una opaca y enfermiza quemazón, una fiebre inclemente. Que azotará tu fatiga eternamente.
Ahora habrá ideas que ya no ahuyentarás Y visiones que nunca desvanecerse verás... Ya no pasarán por tu espíritu postrado.
La brisa, aliento de dios, se aquieta y la bruma que cubre la silueta de la colina, sombría pero intacta, es un símbolo y una señal exacta... Como flota los árboles frondosos: ¡He ahí un misterio prodigioso!
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